El edificio Lubiére. (Luis Alejandro Galvis)

Acaso era de madrugada cuando sonó el disparo. El eco del estruendo recorrió el laberinto de miserables calles desoladas que era el pueblo. El ruido, aunque incomodo, no despertó a nadie, a lo sumo uno que otro giró su cuerpo, se acomodó en la cama y siguió con lo poco que quedaba para el sueño. ¿Quién iba a imaginar que ese era el sonido de tu orfandad? La condena a conocer el padre en fotos y recordarlo como la muesca que te contaron que quedó en el tanque donde finalmente se estrelló el proyectil que atravesó los pensamientos del señor Galvis. La misma muesca que años después irías a buscar infructuosamente en el mismo pueblo miserable donde fuiste, como Proust, en busca del tiempo perdido.
Tu infancia fue infame y dolorosa, eso era lo que siempre me contabas. Siempre sin juzgar a esa mujer que se quedó sola y con la dura tarea de sacar dos hijos adelante, pero siempre, también, sin omitir detalle de las brutales palizas de las que creías que no saldrías vivo ni de los abandonos en esos lugares que más parecían campos de concentración para niños que jardines de infantes. Fueron tus días del dolor, el miedo y los primeros de la consciencia de la soledad. Los días de los dolores de cabeza, las carencias y la falta de fuerza. Los que te conocimos nunca entendimos que tu exceso de elegancia y eufemismos era tu intento implacable por vestir de gala las insuficiencias del pasado, por darle al hombre todo lo que no tuvo el niño.
Vinieron luego días de más soledad, fueron tantos que terminó por no gustarte que te dijeran "Alejo" justamente por su alusión al alejamiento y la soledad. Fueron también los días del colegio militar y los castigos aberrantes que se terminaron para dar paso a la época del trabajo de día para ayudar con los gastos de la casa y el estudio de noche para alimentar la esperanza de una carrera que te permitiera juntar muchos billetes y alejar así definitivamente las recurrentes angustias económicas con las que la familia, según mis ojos, tus comentarios y sin pruebas para asegurarlo, nunca te dejó de chantajear emocionalmente.
Pero no todo fue malo, aquellos fueron también los días del primer viaje a Europa con una tabla de skate en la espalda y unos audífonos colgando de los oídos. Ah! Recuerdo como te gustaba contar aquel viaje y tus recorridos en tren y tu detención por nada en Viena hasta que los pinches policías Austriacos se aburrieron de joderte y te dejaron seguir a calmar tu sed de Segunda Guerra Mundial. ¿Qué paso con aquella bandera original del Tercer Reich que una vez nos mostraste como tesoro en una Sociedad de la Palabra? ¿Qué pasó con todo… quién te heredo tus papeles de color?

Cuando nos conocimos bastante te había cambiado la vida. Te habías graduado, tenías un buen trabajo, nada del otro mundo pero bueno y hasta te podías permitir el lujo de entregarte a tus excesos literarios. Así fue como nos encontramos tomando el mismo taller de poesía, tú tenías el verso más perverso que yo recuerde haber escuchado, ese que hablaba de unas vacas voladoras. Yo trataba sin fortuna, por fortuna, de escribir uno de un dragón verde. ¡Mierda! Tendrías que verte con mis ojos para ver cómo te veías en aquellos días. Cara de señor, traje impecable, corbata bien anudada, corte raso, gabardina para las eternas lluvias y maletín. ¡Ja! El premio al mejor vestido nadie te lo quita.
Aquella era la época en la que bebías poco y en la que, en alguna charla suelta, te soltaste el método suicida más largo e inseguro que he escuchado: Beber hasta morir de ebriedad y cirrosis. Hay que ver los demonios que te habitaban, algunos eran muy graciosos: cómo olvidar al Escudero recién levantado, despeinado, en camiseta y boxers que decidió pararse y grabarse frente al espejo mientras decía yo no sé qué retahíla graciosa que lamentablemente se perdió con el audio de ese video. Ni qué decir del que te guiaba en la danza. ¡Malaya! Tampoco he visto un tipo más arrítmico que vos, cada parte de tu cuerpo se movía independiente, cómo con propia voluntad, y cada una a un ritmo diferente. Sin embargo, eras tan feliz al bailar, nada te importaba, bailabas y bailabas y eras feliz:
"Break on through to the other side / Break on through to the other side / Break on through, oww! / Oh, yeah!
Made the scene / Week to week / Day to day / Hour to hour / The gate is straight / Deep and wide / Break on through to the other side / Break on through to the other side / Break on through / Break on through / Break on through / Break on through / Yeah, yeah, yeah, yeah / Yeah, yeah, yeah, yeah, yeah"
Sin embargo, ni tu gusto por los Doors fue capaz de impedir que te retiraras de las fiestas para bañarte y salir puntual y deportivo a tus partidos de tenis. Aún ahora que lo escribo me parece exagerado, pero así eras vos. Si mal no estoy, aunque ya lo estoy mezclando todo, por aquí fue que volviste a Paris una y unas cuantas veces más, en alguna incluso viajaste con tu madre. Recuerdo que de uno de aquellos viajes llegaste con regalo hasta para la gata, lo recuerdo porque insististe en hablar con ella y explicarle que era un paté de yonosequé que resultaba muy delicioso para los felinos. En París no dejaste de visitar la tumba del Rey Lagarto y fue allí dónde empezaste a aprender sobre vinos, en verdad que eras aplicado con eso del aprendizaje del Gentleman.

Entonces te nos fuiste a Chile. La fortuna te sonreía mantenías aquel buen trabajo pero cambiabas de ciudad y te aumentaban los ingresos. De no ser porque abandonabas el amor que recién empezaba, y que a la postre fue el único, la cosa hubiese sido perfecta. Aunque claro, hay que decirlo, lo tuyo nunca fue el amor. En Santiago bebiste lo que no habías bebido con nosotros y te fumaste los cigarros ilegales que aquí ni te animabas a armar. Fue por tus días de Chile que te publique tus "Territorios del Sur" y fue en Chile que Raúl Hernández y la gente de "Ediciones del Jinete" decidieron apostarle a tu "Viento Perdido"
Entonces te llegaron los días de Buenos Aires con los hermanos de Zapatos Rojos y los de México a dónde te fuiste a comer "Torta de Jamón", como el Chavo, a jartar cerveza, picarte con el otro chile y tener un affair, concertado desde Santiago, con una mujer casada. ¡Ah si! Y a lo de la poesía y a leer y a presentar el libro y hablar de Látigo. En algún lugar perdí la carta, porque te gustaba escribir cartas, que me escribiste en el avión antes de aterrizar en tierras Mayas. Por aquel entonces empezaste a coquetear con lo de las reseñas literarias y fundaste Látigo Negro.
Pero sólo he escrito, ¿descrito?, los bordes irreconocibles de algo que no era, que nunca fue. Tu, el tu que yo podía ver, eras apenas un constante desorden, una soledad de las más solas. Tú ibas caminando pasos hacia atrás y tu corazón ya había despertado al llamado de la herencia. Tú fingías eternidad y te mantenías entre nosotros con la curiosidad del turista. ¿Nunca entenderé por qué pensaste que yo podría conjurar la desgracia? ¡Yo! Igual de acabado y destrozado. Igual de decrépito. ¡Yo! Unido a ti en la desgracia y con la fantasía compartida de ser jardinero. Qué podía hacer yo más que un crujir de huesos.
El inventico nos salió mal Escudero. Aún recuerdo la última vez que te vi. Diecinueve con tercera. Me viste y te levantaste, cuando viste que me acompañaba N te congelaste, esa fue la última vez que vi dentro de tus ojos, pusiste cara de “Ups entonces ya se enteró”. Yo te mire con la misma cara que se le pone a Judas antes del beso. Eso fue todo, jamás te volví a ver. Un día como hoy pero hace un año elegiste no elegir y decidiste automedicarte dos capsulas de cianuro para el dolor de vida. La receta fue dolorosa, muy dolorosa por lo que se especula, pero efectiva…
This is the end, my only friend
The end of our elaborate plans
The end of everything that stands
The end
No safety or surprise
The end
I'll never look into your eyes again"
Pueden leer algunos poemas de Luís Alejandro Galvis aquí
Raúl Hernández escribio esta nota a un mes de la muerte del poeta.











Tú sabías que Alejandro se iba a matar y no dijiste nada. No me dijiste nada a mí. Sólo te exiliaste en Miami y nos dejaste a ambos abandonados a nuestra suerte. A estas alturas no sé cuál de los dos ha tenido mejor suerte...
A veces uno cree que ha olvidado cosas y que ciertas heridas están curadas... pero resulta que no, que en días como éste los acontecimientos vuelven a doler igual. Extraño al señor R., y lamento profundamente este Bogato en el que te has convertido.
PURA FALTA DE OFICIO