Los auténticos detalles del extraordinario suicidio de Miss Moyes (Margaret Moyes)

En el Londres de 1838 era preferible tener en la familia un asesino que un suicida. Evidentemente ambos eran actos subversivos y contrarios a los mandamientos religiosos o las normativas laicas Victorianas que promulgaban por el juicioso ejercicio de la fuerza de voluntad.
El cuerpo atraviesa el silencio y el vacío y termina estrellándose contra la muerte. Cuando el primer observador impotente llegó al lado del cuerpo ya nada había de vida en él. Una especie de terror lo invadió, una pregunta se le reveló recurrente, casi obsesiva… ¿Por Qué?
No obstante, el asesino permitía cumplir con el sentido de justicia Victoriano, los asesinos podían ser atrapados, encarcelados, castigados y hasta resultar muertos a consecuencia de sus actos. En cambio el suicida se convertía en un rebelde que seguía sus propias reglas al dar la espalda a la voluntad de dios, un desobediente para el que no existía la posibilidad de castigo.
De a pocos se fue llenando el lugar, la multitud encerró en el círculo de la curiosidad el cuerpo abandonado de la vida, todos miraban insistentes la marioneta macabra desarticulada de la consciencia, arrancada voluntariamente del ser…
Así, mientras el asesino se exhibía como el ejemplo de lo equivocado y en algunos casos alcanzaba incluso la compasión de alguna parte del colectivo que se identificaba con sus desgracias, el suicida resultaba cubrir de deshonra y cargar de problemas a aquellos que le rodeasen. No sólo porque el acto de morir voluntariamente resultaba ser inmoral sino además porque era ilegal y estaba penalizado con la confiscación de los bienes del susodicho por parte de la corona.
¿Por Qué?, ¿Quién era?, ¿Fue accidente?, ¿Por qué?, ¿Cómo se llamaba?, ¿Alguien la empujó?, ¿Por qué?, ¿Acaso fue… pero qué dolores vivía… que tragedias le abrazaban?, ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué?... La policía llegó y acordonó el lugar, trató de alejar a la multitud inmanejable que crecía además en ventanas, escalones y cualquier otro balcón imaginable.
Declarar que el individuo era loco y que su acto respondía a un ataque de locura era la única manera de evitar el castigo. Sin embargo, igual resultaba un desprestigio para una familia tal declaración ya que se asumía la locura como hereditaria y en adelante no podían escapar a la mirada recelosa y a la discriminación, pero entre quedar en la calle y la humillación de la locura ¿usted por cual optaría?
El suicidio de Margaret Moyes ha pasado a la historia por ser uno de los primeros casos de muerte voluntaria ampliamente cubierto por los medios de comunicación. De hecho, la atención prestada por los diarios londinenses, convirtió al suicidio de la señorita Moyes en uno de los pocos suicidios del periodo Victoriano que alcanzó un cubrimiento parecido al dado a los asesinatos en la misma época.

Londres. Martes 11 de Septiembre de 1838 Margaret Moyes, bella y en el esplendor de sus 23 años, llega a la Cruz de Charing, se acerca al encargado y le dice que se va a encontrar allí con unos amigos. Espera veinte minutos y como sus amigos no llegan se acerca nuevamente al encargado, paga los seis peniques que cuesta la entrada y empieza a subir sola cada uno de los escalones que la conducen a la cima del monumento londinense. Minutos después se estrella contra el mundo… Cuando el primer testigo de lo sucedido llega a su lado la señorita Moyes ya ha cruzado la puerta de salida de la vida.
Su acto resultó temeroso y desafiante para la pacata y gris sociedad londinense: Ocurrió a plena luz del día y en uno de los monumentos públicos más populares de la ciudad, lo que congregó en torno suyo, en muy poco tiempo, una multitud ávida de respuestas. Toda la sociedad londinense, sin distingos de clase, se preguntaba ¿Qué pasó? y quería respuestas pronto, lo que motivó que antes de las diez de la mañana del día siguiente ya circulara una andanada de periódicos con titulares como:
"Los auténticos detalles del extraordinario suicidio de la señorita Moyes"

"Al examinar el cuerpo se encontró que la espina dorsal estaba fracturada al igual que la parte posterior del cranium, pero sus facciones no se desfiguraron en manera alguna, salvo por la apariencia forzada de la nariz, por la sangre coagulada en las ventanas, y de los ojos y de la boca por la conmoción cerebral repentina; el brazo izquierdo se quebró justo a la altura del codo y solamente se mantiene en su lugar por los ligamentus y la manga del vestido" The Times
"Su brazo izquierdo, cerca al hombro, chocó contra la barra y se quebró de manera tan violenta que la pieza cortada voló sobre los pasamanos de hierro y cayo varias yardas más allá dentro de la plaza. Después de chocar con la barra el cuerpo cayó de un sólo golpe en una matera que contenía una planta de lila que se rompió en pedazos además de la maceta de la flor colocada en el lado derecho de la puerta. No daba señales de vida cuando fue recogida excepto por algunas contorciones de los músculos de las piernas y de los brazos." The Observer

Las ediciones desaparecían casi antes de salir y los editores cedieron al canto de sirena del amarillismo y el sensacionalismo. Las ediciones dominicales de The Weekly Dispatch y Bell's Life in London difundieron el informe del The Observer entre su selecto número de lectores. Al tiempo empezó a circular por la calles un pasquín con los pormenores de la noticia, mientras que The Wednesday Standard reproducía las versiones latinizadas de los acontecimientos. Además dos pliegos independientes titulados: "Ejemplar de Versos sobre la Melancólica Muerte de Margaret Moyes" vieron la luz por aquellos días.
Del ¿cómo? Se pasó al ¿por qué? Londres quería saber por qué una mujer joven y atractiva había escogido tal opción para salir de la vida. La pregunta intrigaba al público Victoriano. Curiosamente la nota dejada por Margaret a su padre, encima de la mesa del comedor, no es muy reveladora al respecto del tal ¿Por qué?:
"No esperes verme de vuelta otra vez porque he decidido llevar a cabo mi idea de terminar con todo"
¿Qué la decidió a llevar acabo su idea? Es algo que la señorita Moyes desapareció consigo. Muchas fueron las especulaciones de la época, pero no vienen al caso. No obstante, si le interesa leerlas dejo aquí el enlace a ellas.
Como sea, el informe oficial dictamina que el suicidio de Margaret Moyes se debió a un ataque temporal de locura y concluye con la recomendación de que sea puesta una cerca protectora en la cúspide del monumento para prevenir futuras tragedias.











Permiso: Excelente nota, no cabe duda. La idea de los suicidas, como esos tipos que tienen los aires de escapar de la ley, han dado tantos dolores de cabeza a la Iglesia Católica que los curas andan siempre amenazando que los suicidas se van al infierno, derecho viejo.
Creo que el suicida, si bien es terrible, no está haciendo otra cosa que decidir sobre su vida, eso es indiscutible... Evidentemente algo deben tener los países primer mundistas que a pesar de sus condiciones de vida ultra cómodas siempre tienen las tasas de suicidio más altas.
Saludos desde Buenos Ayres.
Bogato,
Tal vez el secreto deseo de fama emascarado de rebeldía es lo que lleva al suicida a efectuar ese acto tan personal de manera suntuosa y pública. En sí recuerdo mis dias de ¨suicida¨y me rio de mí mismo pues dentro de mí sabía que las voces de suicidio no eran más que gritos pidiendo apoyo y atención. Estuve convencido sin embargo, que si llegaba a materializar mi macabro deseo, lo haría de forma: Primero infalible y segundo pública.
Porque pública? Por que el suicida ve en ese acto un acto de reinvindicación y revancha con la sociedad de la que huye....
En estos días leyendo a Peter Singer, sus escritos en Una vida ética, te recordé cuando el plantea los mandamientos de la vieja ética (también me lo recordó este post). Peter Singer enfrenta el viejo mandamiento:
"Tercer mandamiento viejo:
nunca te quites la vida e intenta siempre evitar que los demás se quiten la suya.
Durante cerca de 2000 años, los escritores cristianos han condenado el suicidio como un pecado. Cuando debamos morir, dijo Tomás de Aquino, es decisión de Dios, no nuestra. esta concepción se convirtió en algo tan profundamente incorporado en las naciones cristianas que el intento de suicidio era delito, en algunos casos castigado - los ideólogos carecen del sentido de la ironía - con la muerte. la prohibición del suicidio era uno de los elementos de la tesis general de que el estado ha de aplicar la moralidad y actuar paternalistamente con sus ciudadanos.
esta concepción del papel propio del estado fue poderosamente desafiada por primera vez por el filósofo británico del siglo XIX John Stuart Mill, quien escribió en su clásico On Liberty: <la única finalidad por la cual el poder puede, con pleno derecho, ser ejercido sobre un miembro de una comunidad civilizada contra su voluntad es evitar que perjudique a los demás. Su propio bien, físico o moral, no es justificación suficiente >
los enfermos incurables que piden a sus médicos que los ayuden a morir en el momento que elijan, no dañan a otros(podría haber raras excepciones, como por ejemplo si tiene hijos menores a su cargo, pero la gente se encuentra tan enferma como para anhelar morir no están generalmente en condiciones de cuidar adecuadamente de sus hijos). El estado no tiene razones para la interferencia una vez que se satisface la condicón de que no se daña a los demás y que es una decisión madura, que ha sido tomada libremente sobre la base de la información relevante por un adulto competente. De ahí que la nueva versión del tercer mandamiento sea justo contraria a la original."
planteando:
"tercer mandamiento nuevo:
respeta los deseos de la persona de vivir o de morir.
John Locke definió a la persona como un ser con razón y capacidad reflexiva que puede <considerarse a si mismo como una misma cosa pensante en diferentes tiempos y lugares> Este concepto de persona se encuentran en el núcleo del tercer mandamiento nuevo. Solo una persona puede querer seguir viviendo, o tener planes para el futuro, porque solo una persona puede incluso entender la posibilidad de una existencia futura para él o para ella.. esto significa que terminar con las vidas de la gente, fcontra su voluntad, es distinto a terminar la vida de sres que no son personas . es indudable que, estrictamente hablando, en el caso de aquellos que no son personas no podemos hablar de acabar su vida contra, o de acuerdo con, su voluntad puesto que no son capaces de tener una voluntad al respecto. Tener un sentido de sí, de la propia existencia continua a lo largo del tiempo, hace posible una clase de vida enteramente diferente. Para una persona, que puede vivir su vida en conjunto, el fin de la vida adopta una significación completamente distinta. pensemos en cuanto de lo que hacemos está orientado al futuro - nuestra educación, nuestro desarrollo de las relaciones personales, nuestra vida familiar, nuestros caminos profesionales, nuestros ahorros, nuestros planes vacaionales - Por eso, terminar prematuramente con la vida de una persona puede hacer puede hacer que gran parte de su pasado de lucha no sea fructífero.
por todas estas razones, matar a alguien en contra de su voluntad es un mal mucho más grave que matar a un ser que no es persona. Si queremos enunciar esto en el lenguaje de los derechos, entonces es razonable afirmar que solo el que es persona tiene derecho a la vida"
El lugar de la vieja ética. extracto de "Repensar la vida y la muerte".
b
e
s
o
s
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No entiendo tanto revuelo con el tema, cada uno es dueño de su propia vida y puede hacer lo q quiera con ella... Bueno como ves, cenicienta no te ha abandonado.. besos
Te sigo y te leo, y hoy me sorprendo de un texto tan completo y bien documentado, en cuanto al contenido, nada que decir.
Un saludo y un roce.
soy de mexico y entre a esta pagina, y està muy interesante, esta muy bien, ademas de los comentarios e informaciòn que presenta la web.
saludos