Una sola sombra larga. (José Asunción Silva)

La Casa de Poesía Silva se llama así porque sus muros son los mismos muros de barro adoquinado que abrazaron las angustias del poeta colombiano José Asunción Silva (1865-1896), un hombre desajustado e inconforme con su época que heredó el nombre del abuelo asesinado un año antes de su nacimiento, un otro/el mismo que cargaba con la sombra del muerto, como Vincent, y que sólo conoció del fracaso de sus grandes proyectos y el acoso de las deudas, un animal más de los que cobijan en la cabeza grandes ideas, pero que con las manos construyen sus desgracias. Uno de esos extrañamientos de nuestra especie que antes de realizar su ejecución gastó todo su capital en la compra de un ramo de flores para su hermana.
Acaso fuera Norman Correa, uno de los asiduos de la Casa Funcreta, el que, durante una de las sesiones del taller de poesía que por aquel entonces yo dictaba, me puso en contacto con "Al oído del lector", un poema de Silva a partir del cual yo lo alucino y me figuro al poeta que caminó "una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas", en él José Asunción se me revela como el hombre que no vivió la vida como una pasión sino que tuvo que conformarse con pasar por ella como una ternura vaga. Un ajeno al amor que descubrió que el individuo sólo al conmoverse canta, pero que en pareja "tiembla, medita, se recoge y calla". El que está enamorado calla, calla para el mundo, no con el silencio del solitario que en la mitad del cuarto no encuentra con quien hablar, sino con el silencio del que es feliz y demasiado ocupado para ponerse hablar, el que vive en el tiempo del sentimiento, sabe/siente que ya habrá tiempo para lo demás. Un ser de esos que la mayoría hemos topado, acaso sido, que tras un breve saludo se despide con un "después te cuento en detalle". Silva, por el contrario, es de los que nada saben de aquello, nunca, salvo su amor fraterno hacia Elvira, su hermana y eterna confidente, se le supo enamorado de mujer alguna, tampoco de hombre. Sin embargo, que bien que lo intuye pues, el mismo nos dice que, si escritas fueran en un tiempo más feliz sus paginas, "no tuvieran estrofas sino lágrimas". Y si hay alguna imagen que de Silva me encante, es precisamente ésta de la pasión de la vida condensada en una lágrima.

José Asunción Silva no sólo carga la sombra del abuelo muerto, también la de su hermana Elvira, que como he escrito sería su eterna amiga y confidente, al morir ella Silva queda "solo y mudo" y separado de Elvira "por la sombra, por el tiempo y la distancia", queda el poeta en el "infinito negro" lleno de las amarguras y agonías de la muerte. Es Silva un ser que sufre ante todos sin que nadie lo vea, un ser que se rehúsa a la soledad y que se empeña en caminar, aunque sea, enlazado en una sola sombra larga con la sombra de su hermana. "Se acercó y marchó con ella... ¡Oh las sombras enlazadas! / ¡Oh las sombras que / se buscan y se juntan en las noches de negruras y de lágrimas!..."
Armando Orozco, poeta ex izquierdozo y maestro de la Universidad Distrital, era el que, pareciéndose más al que cuenta un dato no confirmado, un chisme, que al que habla de una verdad comprobada, me contaba una sarta de detalles enredados de la vida de Silva. Ha sido a él al único que le he escuchado decir que lo de Silva quizá fue un asesinato, que cabos sueltos hay para pensarlo: ¿Por qué estando la familia en casa nadie oyó nada? ¿Y las sombras que alguien dice que vio saltando de los muros del patio trasero? Todos silencios no confirmados para la historia, todos quizá, desvaríos pretenciosos del que se quiere lucir con el dato oculto y reforzado. Aparte de esta escaramuza de datos dudosos a la que nadie pone cuidado, nada hay para pensar que no fuera de Silva el dedo que empujo el gatillo de la vieja Smith y Wesson, propiedad del abuelo asesinado, que bien entrada la noche del 23 de mayo de 1896, puso fin a todo padecimiento del poeta atormentado, al vomitar el proyectil que siguió el trazo descrito por el doctor Juan Evangelista Manrique, quien esa misma mañana había accedido al curioso pedido del poeta de que le dibujase, con lápiz dermográfico, el lugar exacto del corazón.












encontré esto por accidente
como hago para no perder la ruta de llegada?
es caótico per si o es solo falta de tiempo para ordenarlo?
deliciosamente oscuro
gracias