Devuelvo el billete.
Ahora bien, ¿es aquel el único punto de vista? Desde tiempos innombrables la muerte es un tema tabú, de la muerte no se habla, sobre la muerte no se piensa. El colectivo rechaza a quién habla de la muerte, lo desprestigia: "pobre hombre debe estar enfermo, algo malo debe pasar en él para que hable así" ¿Por qué no hablamos de la muerte?, ¿no es importante? Una actitud repetida en la mayoría es la de replicar que: "¿por qué hablar de la muerte si mejor podemos hablar de cosas bellas, bonitas y positivas?" Se le ha endilgado a la muerte un valor negativo que no posee, así como a la vida uno positivo que le es ajeno. Quizá la explicación a esta negativa insistente en tratar el tema se pueda empezar a rastrear en la frase de Freud: "en el fondo, nadie cree en la propia muerte" Y, aunque en teoría se tiene claro que todo lo que vive necesariamente tiene que morir, en la práctica insistimos en distanciarnos del evento, de hacerlo a un lado y alejarlo lo más que nos sea posible: "claro que moriré pero no ahora, ni mañana, ni pasado. ¿Cuándo? Cuando me toque." Siempre son los demás los que se mueren, dijo Duchamp.
El suicida es entonces un tipo molesto, uno con el que es mejor no hablar. "Si nada hay que le haga vivir entonces que se mate, pero en silencio, sin molestar." Suicidarse es uno de los grandes crímenes contra la sociedad, uno que no perdona. En el pasado los suicidas no tenían el privilegio de que sus pobres cuerpos atribulados se descompusieran hasta el hedor sembrados en las santas tierras de un cementerio, se les enterraba a las afueras de los pueblos y preferiblemente en una intersección de caminos, de esta manera se aseguraban de que el alma en pena del antisocial se extraviaría en caso de querer regresar a perturbar la paz de los vivos. De todos los casos de rechazo que he leído, el que más me ha impresionado fue el que sucedió en el siglo XIX en algún pueblo francés, disculparán la imprecisión de mi mala memoria, la cosa va así: un fulano del pueblo decide ahorcarse pero las autoridades, tras algún chivatazo, llegan a tiempo para impedir su muerte. Fue preciso, para salvarle la vida, realizarle una traqueotomía, un corte en la garganta que le permitiera a los pulmones llenarse del aire que de nuevo bajaba por la traquea. Una vez salvado el hombre fue arrestado, procesado y condenado a muerte en la horca. El medico que realizó la operación salvadora, que permitió al hombre estar con vida para verse condenado a muerte, recomendó el aplazamiento de la ejecución en atención a lo reciente de la intervención, en tal condición era muy posible que la herida se reabriese impidiendo de esta forma cumplir con la condena. Su recomendación no fue tenida en cuenta y efectivamente la herida se abrió. Por segunda vez el hombre volvía a la vida. Hubo entonces necesidad de brindar al condenado el tratamiento y los cuidados necesarios para su correcta y total recuperación, como si fuera el más ilustre de los hijos del pueblo. El pobre hombre, que bastante amañado estaría ya a la vida después de dos regresos y tantos mimos, finalmente fue ahorcado cuando estuvo recuperado para ello. ¿No es trágica esta anécdota, por qué tanta saña?, ¿qué impedía que el infeliz aquel pataleara hasta la muerte en su primer intento? Es este el caso más extremo del que tengo referencia. No obstante, el tema de la muerte voluntaria sigue haciendo retorcer las entrañas del colectivo y en algunos casos las nuestras. Quizá la sociedad ya no cubra con el manto del deshonor a los familiares de un suicida, pero la resistencia a tratar temas como el derecho a morir dignamente o la eutanasia, es síntoma de la persistencia de aquel rechazo ancestral. Yo he aullado y he convocado a la manada y no es su aprecio lo que busco, tampoco su cariño. Yo vengo a ser molesto, a reivindicar mi derecho a la decisión de rechazar la vida, a, como diría Juan Karamazov, devolver mi billete.











solos se permite morir cuardo es bajo las condiciones de otros, pues es inconcevible la murte por la propia mano, hubiese sido mejor que en vez de ahorcarse se hubiera suicidado por los policias.
Yo también quiero devolver el billete...
Signos de muerte
Tenía su cabeza inclinada de dolor
Caminaba rápidamente
La gente estropeaba su camino
El viento lo acompañaba
Gente tirada en la calle
Niños llorando desnudos
Ancianos dementes
Borrachos caídos en su mesa
Su pecho era un hueco
Sangre invadía su garganta
Desquiciada ansiedad
Maldita enfermedad
Demasiada existencia para uno solo
Corría por su vida el silencio
Su corazón era su razón
Buena vida pensaba
Buena vida se vive
Cuando se esta inconciente
Felicidad o tristeza
Cállense más bien
No quiero palabras
No quiero explicaciones
No quiero salvadores
Desapareció su pecho
Desapareció su corazón
Desapareció su dolor
Desapareció…
Ya no esta con el viento
Ya no va de prisa ni lento
Ya no suda ni sangra
Ahora solo esta muerto.